1 septiembre, 2026

MESSI, SINÓNIMO DE FÚTBOL

No es solamente un deporte. Es infancia, barrio, identidad, esperanza y pertenencia. Millones de seres humanos separados por idiomas, fronteras y condiciones sociales pueden comprenderse durante noventa minutos alrededor de una pelota. Y mientras el fútbol despide de la Selección Argentina a Lionel Messi, quizá sea un buen momento para preguntarnos qué significa realmente este juego.

Si tuviéramos que definir al fútbol en pocas palabras, pero intentando abarcar toda su enorme profundidad, quizás podríamos decir:

El fútbol es un sueño colectivo jugado con una pelota.

Porque probablemente ningún otro deporte haya conseguido instalarse de una manera tan profunda en la vida cotidiana de tantos pueblos.

Una pelota puede detener una ciudad.

Puede hacer llorar a un hombre de setenta años y abrazarse con un desconocido.

Puede convertir una calle de tierra en un estadio, dos piedras en un arco y diez chicos descalzos en protagonistas de una final imaginaria.

Puede hacer que durante unos minutos desaparezcan las diferencias sociales.

Y puede conseguir algo todavía más extraordinario: hacer que un niño que no tiene casi nada sienta que, mientras la pelota rueda, todavía puede tenerlo todo.

DONDE HAY UNA PELOTA, HAY UNA POSIBILIDAD

Quizás para comprender verdaderamente el fútbol haya que alejarse por un momento de los estadios monumentales, los contratos millonarios, las transmisiones internacionales y las grandes estrellas.

Hay que buscarlo en otro lugar.

En una calle.

En un potrero.

En el patio de una escuela.

En un terreno baldío.

Allí donde dos piedras marcan los arcos y las reglas se inventan mientras se juega.

En numerosos lugares del mundo, especialmente allí donde existen pobreza, guerras, desplazamientos o exclusión, el fútbol cumple una función que excede largamente al deporte. Puede proporcionar pertenencia, amistad, disciplina, autoestima y, fundamentalmente, un espacio para seguir siendo niño.

La experiencia de innumerables clubes, escuelas deportivas y organizaciones sociales demuestra que una pelota puede convertirse también en una herramienta de inclusión, igualdad, respeto y trabajo colectivo.

Hay imágenes que lo explican mejor que cualquier tratado.

Después de una inundación, entre edificios destruidos por una guerra, en un campamento de refugiados o en un barrio donde faltan muchas cosas, siempre puede aparecer un grupo de chicos intentando jugar.

A veces no hay césped.

A veces no hay botines.

A veces ni siquiera hay una pelota verdadera.

Pero juegan.

Y durante ese rato vuelven a ser simplemente chicos.

Ahí aparece una de las dimensiones más hermosas del fútbol:

la pelota no elimina la tragedia, pero algunas veces consigue regalarle un recreo.

LA PELOTA DE LOS MÁS HUMILDES

El fútbol tiene además una característica extraordinariamente democrática.

Para comenzar a jugar no hace falta demasiado.

No hacen falta raquetas, pistas especiales, motores ni equipamiento sofisticado.

Y algunas veces ni siquiera hace falta una pelota.

Una botella de plástico, papeles apretados, medias viejas envueltas unas sobre otras pueden convertirse en una.

Dos árboles pueden ser un arco.

Dos mochilas también.

Y quizá por eso el fútbol encontró históricamente una relación tan profunda con los sectores más humildes.

Porque cuando casi todo falta, la imaginación completa lo que falta.

Muchísimos grandes futbolistas comenzaron precisamente allí.

Dani Alves, nacido en Bahía, Brasil, conoció desde muy pequeño una realidad de esfuerzo y carencias. Mucho antes de jugar en los grandes estadios europeos, trabajaba junto a su familia y soñaba con una vida diferente.

Años después publicó una fotografía de aquellos tiempos y escribió una frase que resume maravillosamente esa relación entre humildad, infancia y sueños:

“Todo lo que tenía cabía en este armario, menos mis sueños.”

La reflexión fue publicada por Alves al recordar sus orígenes y terminó convirtiéndose en una de esas frases capaces de trascender al propio fútbol.

Quizás pocas expresiones expliquen mejor lo que una pelota puede representar para millones de niños.

Porque no todos llegarán a ser profesionales.

Y es importante decirlo.

La verdadera grandeza social del fútbol no consiste en prometerles que todos serán Messi.

Consiste en enseñarles que pueden soñar, compartir, levantarse después de caer, respetar reglas, formar parte de un equipo, aprender a perder y volver a intentarlo.

Eso, por sí solo, ya puede cambiar una vida.

UNA PELOTA TAMBIÉN ENSEÑA A VIVIR

Un chico que juega aprende algo elemental y extraordinario:

solo no alcanza.

Puede ser maravilloso con la pelota, pero necesitará compañeros.

Aprenderá que algunas veces tendrá que pasarla.

Que otra persona puede hacer el gol.

Que habrá derrotas injustas.

Que habrá partidos en los que jugará maravillosamente y perderá.

Otros en los que jugará mal y ganará.

Aprenderá a caerse.

A levantarse.

A respetar adversarios.

A abrazar compañeros.

Y comprenderá quizá una de las primeras grandes verdades de la vida:

mañana siempre existe otro partido.

Por eso un club de barrio puede ser muchísimo más que un club.

Puede convertirse en una segunda casa.

Un entrenador puede transformarse, sin saberlo, en una referencia adulta fundamental.

Y un compañero de equipo puede terminar siendo un amigo para toda la vida.

ARGENTINA: UN PAÍS QUE TAMBIÉN SE CUENTA A TRAVÉS DEL FÚTBOL

En pocos lugares esa relación es tan intensa como en Argentina.

Aquí el fútbol forma parte del lenguaje cotidiano.

Hablamos de fútbol incluso cuando no estamos hablando de fútbol.

Decimos que alguien “se puso la camiseta”, que “tiró la pelota afuera”, que “la dejó picando” o que finalmente “salió a la cancha”.

El fútbol terminó infiltrándose hasta en nuestra manera de explicar la vida.

Y en esa historia aparecen nombres imposibles de separar de la memoria colectiva argentina.

Di Stéfano.

Sívori.

Kempes.

Maradona.

Y finalmente, Lionel Messi.

Cada generación tuvo alguien sobre quien depositar sus sueños.

Pero la historia de Messi tuvo algo particularmente extraordinario.

EL CHICO QUE TUVO QUE VOLVER A SER QUERIDO

Lionel Messi debutó con la Selección mayor en 2005.

Durante años vivió una paradoja difícil de imaginar: era admirado prácticamente en todo el planeta mientras una parte de su propio país discutía permanentemente su relación con la camiseta argentina.

Perdió finales.

Fue comparado hasta el agotamiento con Diego Maradona.

Le exigieron demostrar una y otra vez cuánto quería a Argentina.

Después de perder la Copa América de 2016 llegó incluso a anunciar que dejaba la Selección.

Pero regresó.

Y siguió intentando.

Entonces ocurrió algo maravilloso.

Llegó la Copa América de 2021.

Después la Finalissima.

Después Qatar 2022.

Después otra Copa América en 2024.

Y aquel hombre que durante años había cargado con la pregunta de si alguna vez conseguiría un gran título con Argentina levantó finalmente la Copa del Mundo.

Messi ya no tenía que demostrar absolutamente nada.

En 2026 volvió a llevar a Argentina hasta una final mundialista. España impidió el final perfecto, pero para entonces el resultado ya no podía modificar su lugar en la historia.

El muchacho que alguna vez fue discutido se despedía convertido en capitán, campeón del mundo, bicampeón de América y una de las figuras más extraordinarias que produjo el fútbol argentino.

Su despedida llega después de 207 partidos y 125 goles con la Selección mayor, además de una trayectoria que atravesó más de dos décadas. Esos números describen una carrera extraordinaria, pero aun así resultan insuficientes para explicar lo que Messi terminó significando para millones de argentinos.

GRACIAS, LEO

El 31 de agosto de 2026 Lionel Messi anunció que deja la Selección Argentina.

Tenía muchas maneras de hacerlo.

Eligió una de las más sencillas.

Tres hojas.

Una lapicera.

Su propia letra.

Sin un gran escenario.

Sin una producción espectacular.

Después de estadios repletos, millones de personas pronunciando su nombre, derrotas, goles imposibles, campeonatos y una Copa del Mundo levantada hacia el cielo, al final quedaron un hombre, una lapicera y unas hojas de papel.

Quizás allí exista también una última enseñanza.

La grandeza puede alcanzar dimensiones extraordinarias y, sin embargo, algunas de las palabras más importantes todavía pueden escribirse de puño y letra.

LA CARTA DE LIONEL MESSI

Después de este tiempo que pasó desde la final, pensándolo mucho, quiero comunicarles a todos que me retiro de la Selección…

Fue una decisión que dolió y duele en el alma pero entiendo que es el momento. Les juro que siempre dejé todo, no solo los últimos años que se ganó todo antes también y siempre peleé y me dejé todo por esta camiseta, por darles alegrías y hacer que se sientan orgullosos de ser argentinos a través del fútbol.

Queda poco y se van cerrando etapas y esta es una que me duele mucho. Amo, amé y amaré siempre estar en la Selección. Me vacié, ya no tengo más para dar y aparte vienen chicos muy grandes atrás que merecen estar.

Gracias por todo el cariño de estos 20 años. Voy a extrañar mucho escucharlos desde adentro. Ahora voy a ser uno más de ustedes, alentando y bancando siempre desde afuera (en las buenas y en las malas, mucho más).

Gracias a mi familia por estar siempre, por acompañarme en este viaje tan hermoso pero difícil.

Gracias a cada uno de entrenadores, compañeros y dirigentes que me tocó compartir. Me llevo recuerdos y momentos inolvidables vividos.

Me voy con la tranquilidad y el orgullo de haberles regalado, juntos con mis compañeros, momentos soñados. Fue una locura haberlo vivido con ustedes. ¡Los quiero!

Gracias Dios por hacerme argentino.

¡Vamos Argentina!

Estas palabras las escribí el 21 de julio, dos días después de la final. Hoy después de lo de mi papá, estoy más convencido que antes.

LA PELOTA SEGUIRÁ RODANDO

Messi dice en su carta algo extraordinariamente significativo: ahora será “uno más” alentando desde afuera.

Quizá ese sea finalmente el lugar al que regresan todos los futbolistas.

Al lugar donde empezaron.

Al lugar del que mira una pelota y siente algo.

Porque los jugadores pasan.

Los estadios cambian.

Las camisetas cambian.

Las generaciones cambian.

Pero en algún lugar de Argentina —y en miles de lugares del mundo— mañana habrá nuevamente un chico poniendo dos piedras en el suelo.

Otro aparecerá con una pelota.

Alguien preguntará:

—¿Jugamos?

Y empezará todo nuevamente.

Tal vez ese chico viva en una casa cómoda.

Tal vez viva en un barrio humilde.

Quizá tenga botines nuevos.

Quizá juegue descalzo.

Puede que nunca llegue a pisar un estadio profesional.

No importa.

Porque durante ese rato tendrá compañeros, adversarios, un arco que defender, otro que alcanzar y una historia que imaginar.

Y eso explica por qué el fútbol sobrevivirá a todos sus ídolos.

También a Messi.

Porque Messi fue uno de los capítulos más extraordinarios de una historia que comenzó muchísimo antes que él y continuará muchísimo después.

Pero qué inmensa fortuna haber podido verlo.

Gracias, Leo.

Por los goles.

Por las derrotas que soportaste.

Por haber regresado.

Por insistir.

Por aquella noche de Qatar.

Por haber hecho que millones de argentinos que jamás se conocieron terminaran abrazándose.

Y, sobre todo, gracias por recordarnos algo que sabe cualquier chico que alguna vez pateó una pelota:

el fútbol puede ser solamente un juego.

Y justamente por eso puede significarlo todo.


Fuentes: Asociación del Fútbol Argentino; Reuters; publicaciones públicas de Lionel Messi y antecedentes de la reflexión difundida por Dani Alves sobre sus orígenes.

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