Søren Kierkegaard, filósofo: «La vida debe ser vivida hacia adelante, pero solo puede ser entendida hacia atrás»

7 Mar 2026 • 4 min de lectura

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Søren Kierkegaard nunca imaginó que una anotación privada acabaría convertida en una de las frases más citadas de la filosofía moderna.

Claves

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Søren Kierkegaard nunca imaginó que una anotación privada acabaría convertida en una de las frases más citadas de la filosofía moderna. La escribió en 1843, no en un tratado académico, sino en sus diarios personales, cuando el pensador danés atravesaba una etapa de profunda reflexión sobre la existencia humana.

Allí dejó una idea que sigue incomodando casi dos siglos después: la vida no es un sistema que pueda comprenderse antes de ser vivido. Kierkegaard reaccionaba contra la filosofía dominante de su tiempo, especialmente contra la herencia de Hegel y su visión de la historia como un proceso racional, ordenado y explicable de principio a fin.

Para el danés, ese intento de convertir la vida en un esquema lógico era una ilusión peligrosa. La existencia real, defendía, no se parece a un manual de instrucciones, sino a una experiencia que se despliega sin garantías y sin explicaciones previas.

Cuando escribe que la vida “debe ser vivida hacia adelante”, Kierkegaard apunta a una verdad incómoda: el tiempo no se detiene para que tomemos decisiones con calma. Vivir implica actuar sin disponer de todas las respuestas. Elegimos estudios, trabajos, relaciones o ciudades sin saber cómo encajarán esas elecciones en el futuro. No hay ensayo general. La vida avanza mientras intentamos comprenderla, y no al revés.

La segunda parte de la frase introduce la paradoja. La vida solo puede “ser entendida hacia atrás”. El sentido no aparece en el momento en que ocurren las cosas, sino después, cuando el pasado se ordena en nuestra memoria. Es entonces cuando los acontecimientos, aparentemente inconexos, parecen adquirir coherencia. La comprensión llega tarde, cuando ya no puede cambiar lo vivido.

Esta tensión entre acción y comprensión está en el corazón de la filosofía existencial. Kierkegaard sostiene que no hay forma de evitarla. Intentar vivir solo cuando todo esté claro conduce a la parálisis. Pero vivir sin aceptar la incertidumbre genera angustia.

De ahí su insistencia en el “salto de fe”, no solo en un sentido religioso, sino vital: actuar aun sabiendo que no hay certezas absolutas. La vigencia de esta idea resulta sorprendente en el contexto actual. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para planificar, medir y optimizar la vida. Desde aplicaciones de productividad hasta algoritmos que prometen predecir comportamientos, todo parece diseñado para reducir la incertidumbre.

Sin embargo, la ansiedad y la sensación de desorientación no han disminuido. Kierkegaard parece recordarnos que ningún sistema puede eliminar la condición imprevisible de existir. Esta reflexión conecta directamente con una inquietud muy presente entre los jóvenes. La presión por “tenerlo todo claro” a edades cada vez más tempranas contrasta con un mercado laboral inestable y un mundo en cambio constante.

La frase del filósofo danés funciona casi como un consuelo intelectual: la confusión no es un fracaso personal, sino una consecuencia inevitable de vivir hacia adelante. Søren Kierkegaard nunca imaginó que una anotación privada acabaría convertida en una de las frases más citadas de la filosofía moderna.

La escribió en 1843, no en un tratado académico, sino en sus diarios personales, cuando el pensador danés atravesaba una etapa de profunda reflexión sobre la existencia humana. Allí dejó una idea que sigue incomodando casi dos siglos después: la vida no es un sistema que pueda comprenderse antes de ser vivido.

Fuente: www.elconfidencial.com

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