No hay Plan B ni C ni Z

Existe una creencia difundida de que, si el Gobierno hubiera avanzado más gradualmente en su ajuste, con más diálogo y mayores consensos, tolerando algún déficit fiscal y un poco de inflación, las cargas se…
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Resumen
- Con “menos apertura, menos motosierra, mayor consumo y menor crueldad”, según se pregona.
- Esta suposición implica un diagnóstico errado de las causas últimas del desastre que eclosionó en 2023.
- Quizá también atribuible al propio Gobierno que no ha sabido comunicar el aspecto más grave de nuestro mal crónico.
- Pues el equilibrio fiscal no es un fin en sí mismo, sino un ancla para cambiar expectativas y recrear confianza en la moneda.
Una señal para inducir conductas, movilizar riqueza, atraer inversiones y no solo para una simetría numérica que satisfaga a contadores. Ya que, si el ancla se moviese, aunque fuera un poquito, no solo se alterarían los dígitos de una hoja de cálculo, sino que se desencadenaría otra crisis cambiaria como hemos visto tantas veces.
El equilibrio fiscal es un sustituto del patrón oro, de la convertibilidad o de la dolarización, aunque imperfecto, pues depende de consensos difíciles de lograr entre legisladores, gobernadores e intendentes siempre partidarios del gasto y no de la frugalidad. Además, de quienes presionan en despachos silenciosos o en marchas ruidosas para blindar derechos adquiridos o reclamar otros prometidos.
En cuanto al Poder Judicial, siempre estará listo para detener con medidas cautelares las reformas que afecten a grupos de interés o que impliquen situaciones con gran visibilidad pública. La convertibilidad también identificó la ausencia de moneda como el principal problema, pero Domingo Cavallo no era presidente y el gasto público lo controlaba el peronismo.
Cuando fue inconsistente con el “uno a uno”, voló por los aires. Javier Milei, en lugar de anclar el dólar, fue al corazón del mal y ancló el equilibrio fiscal porque al ser presidente tiene control del mismo, por primera vez en la historia. Esa es la gran diferencia del “plan libertario” y por ello es una oportunidad única.
Muchos consideran que su inflexibilidad es una deformación profesional que lo torna incapaz de ver más allá de Luca Pacioli con sus gafas de partida doble.
Pero su tozudez fiscal, aunque no sepa expresarlo así, tiene un objetivo distinto de la armonía de las cuentas públicas e incluso de los índices de inflación: es un compromiso hacia el futuro, una promesa de buena conducta, un juramento de no trampear más a quienes ahorren en pesos o ingresen dólares para invertir en el país.
Con una mochila de nueve defaults, dos hiperinflaciones, veintidós acuerdos con el FMI y trece ceros menos al peso desde 1970, quien gobierne –sea quien fuere, con un Plan B, C o Z- necesitará construir una reputación destruida, antes de mover un dedo. Demostrar convicciones firmes como si, olvidando ese prontuario, todos los dirigentes fuesen estadistas por arte de magia y la población, japonesa.
Fuente original: La Nación
Resumen elaborado por iNFOLINK News a partir de información publicada originalmente por www.lanacion.com.ar.



